
Caía la noche en la pequeña aldea de Teirán situada en la ladera norte del Everest. Los diminutos copos de nieve que habían empezado a caer, y la fría brisa que se colaba por las esquinas del pueblo, auguraban una larga noche de ventisca. El Maestro, ataviado únicamente con una impoluta túnica blanca, aguardaba sereno en el templo la llegada de los chiquillos de la aldea. El silencio reinaba en el salón. Únicamente perdía protagonismo durante los breves instantes que duraban las sutiles crepitaciones provenientes de la cachimba de la cual fumaba. Con la cabeza gacha, y una espesa masa de humo flotando a su alrededor, transmitía una imagen casi fantasmagórica. Inmóvil cual pétrea figura, como si de un difunto se tratase… Hasta que alzó la voz:
- Poco silencioso para ser monje y demasiado abrigado para ser tibetano. –afirmó con voz grave el maestro mientras dirigía la mirada hacia una de las columnas del templo.- ¿Qué te trae por aquí joven?
- Discúlpeme maestro. Mi nombre es Harold. Soy bohemio. Dejé a un lado todo lo que tenía para viajar por el mundo, y así llevo haciendo desde hace años. – replicó el extraño a la vez que se acercaba al monje.
- No pareces un mendigo, ni un necio. Tampoco un desgraciado. La vida te ha tratado bien y sin embargo has obviado todo lo bueno que te rodeaba para embarcarte en una empresa llena de riesgos, incertidumbre y soledad. – reprendió con tono severo el maestro - ¿Qué te ha llevado a cometer tal locura?
- Curiosidad. En mi aldea somos sólo doce. Quería averiguar cuántos tipos de personas existen. – contestó el chaval sentándose junto al monje.
- Y bien, ¿a qué conclusión has llegado? – cuestionó el maestro a la vez que colocaba su mano sobre el hombro de Harold.
- ¡Puf! Que ni en un millón de vidas dedicadas a esto lograría hallar la respuesta. – exclamó con cierta arrogancia Harold – Únicos e irrepetibles, todos y cada uno de nosotros, ¿no es así maestro?
El monje esbozó una leve sonrisa ante la obviedad de la afirmación del viajero, y acto seguido prosiguió:
- No te falta razón mi querido muchachuelo, sin embargo, ya que tomaste tantas molestias en buscar respuesta a tus inquietudes, este decrépito y mustio anciano, compartirá contigo la fuente de toda su sabiduría; su experiencia, y mi experiencia clama que sólo existen dos tipos de personas. – aseveró el viejo de manera tajante.
- ¡¿Cómo puede ser eso?! – exhortó algo molesto el muchacho.
- Pues bien, allá donde fui, sin importar el lugar ni el tiempo, sólo encontré dos tipos de personas: La que te mira y la que te contempla, la que te oye y la que te escucha, la que te toca y la que te acaricia, la que ríe tus sueños y la que llora tus alegrías, la que te toma la mano y la que te da la espalda, la que dice hasta luego y la que vuelve, la que saluda y la que se alegra de verte, la que abre la puerta y la que te invita a pasar, la que intenta lo difícil y la que consigue lo imposible…
El joven escuchaba atónito las enseñanzas del maestro, con los ojos clavados en el infinito, como revisando el negativo de su vida a cámara lenta, como percatándose de que antes de iniciar su andanza ya conocía la solución.
- …así es hijo mío, sólo dos tipos, sólo dos grupos. Los que viven en el pasado y los que disfrutan de la nostalgia, los soñadores y los emprendedores, los que piensan y los que actúan, los que saltan y los que se dejan caer, los que participan y los que ganan, los que toman un trago y los que ahogan sus penas, los que dan envidia y los que despiertan admiración, los que se queman y los que arden, los que ven en la muerte un punto y final, y los que le ponen dos puntos suspensivos…
El resto y tú… Nunca lo olvides, el resto y tú...
A ti que lo lees...
F. J. Medina Fdez