
Aún se recuperaba del enorme soplido que segundos antes había exhalado cuando le sobrevino la tos. Él sonrió, no había quedado ni una. Ella trataba con su mano de dispersar el humo que todavía se mantenía en el ambiente. Lo volvió a mirar, cómplice, y ambos repararon en la grandeza de aquello...
En su gorro cónico, tremendamente manido ya, a penas se imaginaban algunas de las letras del mensaje que algún día lució con arrogancia. Se mostraba usado, descolorido y con varias cicatrices en forma de quemaduras que una vez más venían a representar la grandeza de aquello.
Consciente del gran esfuerzo que esa dama acababa de cometer, la acompañó a la silla más cercana para que pudiera reclinarse y tomar aire. Se sentó a su lado, le aflojó el pañuelo del cuello y antes de terminar de deshacer el nudo se miró la manos. Aparentaban estar secas y algo ásperas. Quizás pensó que nunca es tarde para empezar a cuidarlas y prosiguió con la maniobra. Un minuto después, una vez ella hubo recobrado el aliento, se abalanzó sobre sus hombros y le musitó al oído cualquier cosa que no pude escuchar, pero que volvió a dibujarle una sonrisa.
Yo esperaba prudente a que se resolviese la escena, a que me diesen lo mío para poder marcharme. No obstante, dado que no quería quebrar la grandeza de aquello, por unos instantes dejé a un lado todo lo que aún me faltaba por hacer aquella mañana y me hice partícipe de su dicha. La anciana, que para aquél entonces jugueteaba con los dedos de su marido, clavó sus enormes ojos negros en mí. Su rostro rebosaba expresividad. Aún quedaba en él rastros de esa belleza natural que en otra época seguro levantó pasiones. De los repliegues que serpenteantes recorrían su cara, se hacían más patentes aquellos que se abrían paso por su frente y a ambos lados de sus ojos, probablemente a lo largo de su dilatada vida fue sorprendida en numerosas ocasiones, probablemente las mismas terminó sonriendo...
Y en la grandeza de aquello, por tópico que suene, entendiendo por tópico aquel grupo de palabras tan útiles que han sido repetidas hasta la saciedad, el tiempo se detuvo capturando la escena: con este humilde repartidor de Party´s Cakes, aquel afortunado esposo y la encantadora viejita que acababa de soplar las velas de su 97 cumpleaños...
A los más afortunados...
F. J. Medina Fdez


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